martes, 20 de septiembre de 2011

Una muestra de nobleza y altura


Cuando una persona fallece, al lado del dolor que causa la triste noticia, surge el remordimiento de no haberlo tratado más a fondo. Uno se alegra de haberlo conocido, pero acaba lamentando no haberlo conocido mejor. Algo así me pasó con don Rodolfo Cerdas Cruz. Yo lo conocí y lo traté poco. Por ejemplo, nunca le dije que su padre, don Jaime Cerdas Mora, era el único abogado en que confiaba mi abuelito, quien era su cliente. Mi abuelito, un modesto y pequeño comerciante, al igual que muchos otras personas humildes de aquella época, recurrían a don Jaime Cerdas Mora para que les atendiera sus asuntos, ya que confiaban plenamente en él.
Definitivamente, don Rodolfo sabía que su padre era el abogado de los humildes, pero ahora lamento no haberle comentado que mi abuelito era uno de sus clientes.
La verdad es que fueron muy pocas las veces que tuve oportunidad de conversar con don Rodolfo. Nos encontrábamos en los pasillos de la UCR, en las ferias del libro, en algunas actividades que organizaba doña Marjorie e, incluso, en una oportunidad, en la sala de abordaje de un aeropuerto. Allí entablábamos conversaciones casuales pero, como él era un hombre famoso, o al menos muy conocido, pronto llegaban otros a saludarlo y yo acaba retirándome. "Otro día nos vemos" me decía, seguramente notando que en verdad me interesaba conversar con él, pero que la circunstancia no era propicia.
La única ocasión en que si pude disfrutar de su compañía un buen rato fue en el 2002. Doña Marjorie había ganado el Aquileo Echeverría y a mí me habían adjudicado el García Monge. El Ministerio de Cultura ofreció un almuerzo para los galardonados y me tocó compartir la mesa con él y con doña Marjorie. Allí descubrí algo que me sorprendió bastante. Además de inteligente y culto, don Rodolfo era un hombre muy divertido. Nos contó anécdotas de sus viajes y nos hizo reír mucho con sus aventuras, entre las cuales, las que mejor recuerdo, fue el viaje en taxi desde Israel a la frontera con Egipto. A medio camino, en pleno desierto, el taxista cambió el monto de la tarifa acordada y, una vez allí, no había más que aceptar el incremento, por lo que de nada valió el regateo previo. La opción era cruzar el desierto a pie enjuto, como lo hizo Moisés.
Pero no todo fueron anécdotas cómicas. Pocas semanas antes, ambos, él y yo, habíamos sido objeto de una lluvia de insultos por parte de la misma persona. El profesor Helio Gallardo, de la UCR, había publicado en el Semanario Universidad una retahíla de insultos contra don Rodolfo. Don Helio no midió ni las palabras ni el tono y lo imprecó de una manera baja y soez. A la semana siguiente, en su nuevo artículo, don Helio Gallardo la emprendió contra mí en otro artículo en el que también recurrió a bajezas y expresiones mal sonantes.
Don Rodolfo me dijo: "Carlos, a vos te tocó recibir el aguacero de insultos de Helio Gallardo esta semana. Así descanso un poco de los que siempre me lanza a mí". Me dijo y, seguidamente, me dio las gracias por el relevo.
Cuando le comenté a don Rodolfo que yo no conocía a Helio Gallardo, don Rodolfo me dijo: "Es un hombre muy inteligente y suele hacer reflexiones dignas de atención. Es verdad que a veces pierde el tono y se le descompone el vocabulario, pero no lo juzgués por esos artículos desbocados aunque ya te haya caído uno encima. Helio es un intelectual valioso".
Tras ese almuerzo, la imagen que tenía de don Rodolfo se elevó considerablemente. Como intelectual, tenía claro que sus intervenciones podían generar reacciones contrarias y que esas reacciones, de vez en cuando, podrían ser en tono ofensivo. Pero don Rodolfo tenía la altura necesaria para mirar el panorama muy por encima de las bajezas que en él ocurren.
A propósito de su partida, supongo que sus amigos, las personas que compartieron con él muchos encuentros a lo largo de muchos años, estarán evocando sus memorias. Yo, que no tuve la oportunidad de ser su amigo, al menos comparto esta anécdota tan rica de enseñanzas de humildad y caballerosidad, como un tributo a su partida.
Que descanse en Paz Rodolfo Cerdas Cruz.

martes, 29 de marzo de 2011

Isadora y Victoria



Cuando, hace pocos días, empecé a leer la autobiografía de Isadora Duncan, lo único que sabía de ella era que bailaba y que había muerto trágicamente. Desde la primera página de su libro me di cuenta, además, que Isadora es una escritora formidable. Su sensibilidad exquisita, lo elevado de su espíritu y la amplitud de su cultura general impresiona desde la primera línea. Su prosa es como su danza: de gran belleza pero sin ornamentación extravagante. La sabiduría y la profundidad de las reflexiones que propone fluyen suavemente alternadas con anécdotas que, en su recuento, adquieren dimensiones inesperadas.
En la introducción, Isadora dice que cualquier persona que escriba su vida con total honestidad, creará una gran obra. El problema es que si algo falta en los libros de memorias es, precisamente, la total honestidad. El pudor hace que quien cuenta su vida oculte los momentos más intensos, tanto de alegría como de dolor y, quitándole a la vida las cumbres y los abismos, las autobiografías no pasan de ser un recuento de situaciones descafeinadas. Ella misma, que era una gran lectora, cita a algunos autores que sí contaron su vida sin ocultar nada: Rosseau, Whitmann, Casanova. Pero todos ellos eran hombres y ella misma reclama que las mujeres que escribieron sus memorias, al menos hasta su época, dejaron los episodios más intensos ocultos por un biombo.
Isadora, en sus memorias, no oculta nada. Nos muestra su vida llena de éxitos y miserias, de confusiones y certezas, de alegrías y dolores. Desde la primera línea, me conmovió profundamente y, para hablar con la honestidad que la misma Isadora reclama, he de decir que al final de la introducción, de apenas ocho páginas, ya la lectura me hizo llorar.
Hay libros que se leen como quien bebe una botella de agua. Las memorias de Isadora no pueden apurarse. Hay que leerlas como quien bebe brandy, a sorbitos y saboreando cada gota.
La intensidad del libro de Isadora me conmovió tanto que decidí cambiar de tono mi lectura y, mientras me recuperaba del impacto, me puse a leer una biografía de la reina Victoria de Inglaterra.
Victoria, quien fue reina durante sesenta y tres años, está en el polo opuesto de Isadora.
Isadora era el hada que bailaba descalza, cubierta solamente por una túnica que dejaba adivinar las formas de su cuerpo. La vida de Isadora era la de una hoja al viento. Isadora, en recuerdo de la extrema pobreza en que transcurrió su infancia, nunca usó una joya en su vida.
Victoria era la soberana severa, eternamente de luto tras la muerte de su querido Albert. Con la vida programada día a día hasta en el más mínimo detalle. Recluida en su luto, su corona y su viudez, fue envejeciendo cada vez más aislada. Sus súbditos, y ella misma, llegaron a considerarla, más que una monarca, una divinidad. El mundo de Victoria era estructurado, programado, previsible, fielmente apegado a la agenda y el protocolo. Se cuenta que una vez, el río Támesis tuvo una crecida e inundó el Colegio de Eton. La Reina no podía creer que el río cometiera semejante barbaridad sin su permiso y ordenó una investigación. Victoria padecía de insomnio y, al no poder dormir por las noches, se pasaba el día entero cabeceando sobre los papeles de Estado, los cuales, debido a sus problemas de visión, un ejército de secretarias debía pasárselos a mano con letra grande.
Tal vez la forma más apropiada de terminar este comentario sería decir que hoy, en el Siglo XXI, ninguna mujer sufre por sus ansias de libertad como sufrió Isadora, ni vive encorsetada en normas inamovibles como las que regían la vida de Victoria. Pero todos sabemos que hay cosas que nunca cambian. Estoy seguro de que por ahí, revueltas en la multitud con que tropezamos a diario, debe de haber pequeñas Isadoras y pequeñas Victorias.