
Cuando, hace pocos días, empecé a leer la autobiografía de Isadora Duncan, lo único que sabía de ella era que bailaba y que había muerto trágicamente. Desde la primera página de su libro me di cuenta, además, que Isadora es una escritora formidable. Su sensibilidad exquisita, lo elevado de su espíritu y la amplitud de su cultura general impresiona desde la primera línea. Su prosa es como su danza: de gran belleza pero sin ornamentación extravagante. La sabiduría y la profundidad de las reflexiones que propone fluyen suavemente alternadas con anécdotas que, en su recuento, adquieren dimensiones inesperadas.
En la introducción, Isadora dice que cualquier persona que escriba su vida con total honestidad, creará una gran obra. El problema es que si algo falta en los libros de memorias es, precisamente, la total honestidad. El pudor hace que quien cuenta su vida oculte los momentos más intensos, tanto de alegría como de dolor y, quitándole a la vida las cumbres y los abismos, las autobiografías no pasan de ser un recuento de situaciones descafeinadas. Ella misma, que era una gran lectora, cita a algunos autores que sí contaron su vida sin ocultar nada: Rosseau, Whitmann, Casanova. Pero todos ellos eran hombres y ella misma reclama que las mujeres que escribieron sus memorias, al menos hasta su época, dejaron los episodios más intensos ocultos por un biombo.
Isadora, en sus memorias, no oculta nada. Nos muestra su vida llena de éxitos y miserias, de confusiones y certezas, de alegrías y dolores. Desde la primera línea, me conmovió profundamente y, para hablar con la honestidad que la misma Isadora reclama, he de decir que al final de la introducción, de apenas ocho páginas, ya la lectura me hizo llorar.
Hay libros que se leen como quien bebe una botella de agua. Las memorias de Isadora no pueden apurarse. Hay que leerlas como quien bebe brandy, a sorbitos y saboreando cada gota.
La intensidad del libro de Isadora me conmovió tanto que decidí cambiar de tono mi lectura y, mientras me recuperaba del impacto, me puse a leer una biografía de la reina Victoria de Inglaterra.
Victoria, quien fue reina durante sesenta y tres años, está en el polo opuesto de Isadora.
Isadora era el hada que bailaba descalza, cubierta solamente por una túnica que dejaba adivinar las formas de su cuerpo. La vida de Isadora era la de una hoja al viento. Isadora, en recuerdo de la extrema pobreza en que transcurrió su infancia, nunca usó una joya en su vida.
Victoria era la soberana severa, eternamente de luto tras la muerte de su querido Albert. Con la vida programada día a día hasta en el más mínimo detalle. Recluida en su luto, su corona y su viudez, fue envejeciendo cada vez más aislada. Sus súbditos, y ella misma, llegaron a considerarla, más que una monarca, una divinidad. El mundo de Victoria era estructurado, programado, previsible, fielmente apegado a la agenda y el protocolo. Se cuenta que una vez, el río Támesis tuvo una crecida e inundó el Colegio de Eton. La Reina no podía creer que el río cometiera semejante barbaridad sin su permiso y ordenó una investigación. Victoria padecía de insomnio y, al no poder dormir por las noches, se pasaba el día entero cabeceando sobre los papeles de Estado, los cuales, debido a sus problemas de visión, un ejército de secretarias debía pasárselos a mano con letra grande.
Tal vez la forma más apropiada de terminar este comentario sería decir que hoy, en el Siglo XXI, ninguna mujer sufre por sus ansias de libertad como sufrió Isadora, ni vive encorsetada en normas inamovibles como las que regían la vida de Victoria. Pero todos sabemos que hay cosas que nunca cambian. Estoy seguro de que por ahí, revueltas en la multitud con que tropezamos a diario, debe de haber pequeñas Isadoras y pequeñas Victorias.