martes, 20 de septiembre de 2011

Una muestra de nobleza y altura


Cuando una persona fallece, al lado del dolor que causa la triste noticia, surge el remordimiento de no haberlo tratado más a fondo. Uno se alegra de haberlo conocido, pero acaba lamentando no haberlo conocido mejor. Algo así me pasó con don Rodolfo Cerdas Cruz. Yo lo conocí y lo traté poco. Por ejemplo, nunca le dije que su padre, don Jaime Cerdas Mora, era el único abogado en que confiaba mi abuelito, quien era su cliente. Mi abuelito, un modesto y pequeño comerciante, al igual que muchos otras personas humildes de aquella época, recurrían a don Jaime Cerdas Mora para que les atendiera sus asuntos, ya que confiaban plenamente en él.
Definitivamente, don Rodolfo sabía que su padre era el abogado de los humildes, pero ahora lamento no haberle comentado que mi abuelito era uno de sus clientes.
La verdad es que fueron muy pocas las veces que tuve oportunidad de conversar con don Rodolfo. Nos encontrábamos en los pasillos de la UCR, en las ferias del libro, en algunas actividades que organizaba doña Marjorie e, incluso, en una oportunidad, en la sala de abordaje de un aeropuerto. Allí entablábamos conversaciones casuales pero, como él era un hombre famoso, o al menos muy conocido, pronto llegaban otros a saludarlo y yo acaba retirándome. "Otro día nos vemos" me decía, seguramente notando que en verdad me interesaba conversar con él, pero que la circunstancia no era propicia.
La única ocasión en que si pude disfrutar de su compañía un buen rato fue en el 2002. Doña Marjorie había ganado el Aquileo Echeverría y a mí me habían adjudicado el García Monge. El Ministerio de Cultura ofreció un almuerzo para los galardonados y me tocó compartir la mesa con él y con doña Marjorie. Allí descubrí algo que me sorprendió bastante. Además de inteligente y culto, don Rodolfo era un hombre muy divertido. Nos contó anécdotas de sus viajes y nos hizo reír mucho con sus aventuras, entre las cuales, las que mejor recuerdo, fue el viaje en taxi desde Israel a la frontera con Egipto. A medio camino, en pleno desierto, el taxista cambió el monto de la tarifa acordada y, una vez allí, no había más que aceptar el incremento, por lo que de nada valió el regateo previo. La opción era cruzar el desierto a pie enjuto, como lo hizo Moisés.
Pero no todo fueron anécdotas cómicas. Pocas semanas antes, ambos, él y yo, habíamos sido objeto de una lluvia de insultos por parte de la misma persona. El profesor Helio Gallardo, de la UCR, había publicado en el Semanario Universidad una retahíla de insultos contra don Rodolfo. Don Helio no midió ni las palabras ni el tono y lo imprecó de una manera baja y soez. A la semana siguiente, en su nuevo artículo, don Helio Gallardo la emprendió contra mí en otro artículo en el que también recurrió a bajezas y expresiones mal sonantes.
Don Rodolfo me dijo: "Carlos, a vos te tocó recibir el aguacero de insultos de Helio Gallardo esta semana. Así descanso un poco de los que siempre me lanza a mí". Me dijo y, seguidamente, me dio las gracias por el relevo.
Cuando le comenté a don Rodolfo que yo no conocía a Helio Gallardo, don Rodolfo me dijo: "Es un hombre muy inteligente y suele hacer reflexiones dignas de atención. Es verdad que a veces pierde el tono y se le descompone el vocabulario, pero no lo juzgués por esos artículos desbocados aunque ya te haya caído uno encima. Helio es un intelectual valioso".
Tras ese almuerzo, la imagen que tenía de don Rodolfo se elevó considerablemente. Como intelectual, tenía claro que sus intervenciones podían generar reacciones contrarias y que esas reacciones, de vez en cuando, podrían ser en tono ofensivo. Pero don Rodolfo tenía la altura necesaria para mirar el panorama muy por encima de las bajezas que en él ocurren.
A propósito de su partida, supongo que sus amigos, las personas que compartieron con él muchos encuentros a lo largo de muchos años, estarán evocando sus memorias. Yo, que no tuve la oportunidad de ser su amigo, al menos comparto esta anécdota tan rica de enseñanzas de humildad y caballerosidad, como un tributo a su partida.
Que descanse en Paz Rodolfo Cerdas Cruz.

martes, 29 de marzo de 2011

Isadora y Victoria



Cuando, hace pocos días, empecé a leer la autobiografía de Isadora Duncan, lo único que sabía de ella era que bailaba y que había muerto trágicamente. Desde la primera página de su libro me di cuenta, además, que Isadora es una escritora formidable. Su sensibilidad exquisita, lo elevado de su espíritu y la amplitud de su cultura general impresiona desde la primera línea. Su prosa es como su danza: de gran belleza pero sin ornamentación extravagante. La sabiduría y la profundidad de las reflexiones que propone fluyen suavemente alternadas con anécdotas que, en su recuento, adquieren dimensiones inesperadas.
En la introducción, Isadora dice que cualquier persona que escriba su vida con total honestidad, creará una gran obra. El problema es que si algo falta en los libros de memorias es, precisamente, la total honestidad. El pudor hace que quien cuenta su vida oculte los momentos más intensos, tanto de alegría como de dolor y, quitándole a la vida las cumbres y los abismos, las autobiografías no pasan de ser un recuento de situaciones descafeinadas. Ella misma, que era una gran lectora, cita a algunos autores que sí contaron su vida sin ocultar nada: Rosseau, Whitmann, Casanova. Pero todos ellos eran hombres y ella misma reclama que las mujeres que escribieron sus memorias, al menos hasta su época, dejaron los episodios más intensos ocultos por un biombo.
Isadora, en sus memorias, no oculta nada. Nos muestra su vida llena de éxitos y miserias, de confusiones y certezas, de alegrías y dolores. Desde la primera línea, me conmovió profundamente y, para hablar con la honestidad que la misma Isadora reclama, he de decir que al final de la introducción, de apenas ocho páginas, ya la lectura me hizo llorar.
Hay libros que se leen como quien bebe una botella de agua. Las memorias de Isadora no pueden apurarse. Hay que leerlas como quien bebe brandy, a sorbitos y saboreando cada gota.
La intensidad del libro de Isadora me conmovió tanto que decidí cambiar de tono mi lectura y, mientras me recuperaba del impacto, me puse a leer una biografía de la reina Victoria de Inglaterra.
Victoria, quien fue reina durante sesenta y tres años, está en el polo opuesto de Isadora.
Isadora era el hada que bailaba descalza, cubierta solamente por una túnica que dejaba adivinar las formas de su cuerpo. La vida de Isadora era la de una hoja al viento. Isadora, en recuerdo de la extrema pobreza en que transcurrió su infancia, nunca usó una joya en su vida.
Victoria era la soberana severa, eternamente de luto tras la muerte de su querido Albert. Con la vida programada día a día hasta en el más mínimo detalle. Recluida en su luto, su corona y su viudez, fue envejeciendo cada vez más aislada. Sus súbditos, y ella misma, llegaron a considerarla, más que una monarca, una divinidad. El mundo de Victoria era estructurado, programado, previsible, fielmente apegado a la agenda y el protocolo. Se cuenta que una vez, el río Támesis tuvo una crecida e inundó el Colegio de Eton. La Reina no podía creer que el río cometiera semejante barbaridad sin su permiso y ordenó una investigación. Victoria padecía de insomnio y, al no poder dormir por las noches, se pasaba el día entero cabeceando sobre los papeles de Estado, los cuales, debido a sus problemas de visión, un ejército de secretarias debía pasárselos a mano con letra grande.
Tal vez la forma más apropiada de terminar este comentario sería decir que hoy, en el Siglo XXI, ninguna mujer sufre por sus ansias de libertad como sufrió Isadora, ni vive encorsetada en normas inamovibles como las que regían la vida de Victoria. Pero todos sabemos que hay cosas que nunca cambian. Estoy seguro de que por ahí, revueltas en la multitud con que tropezamos a diario, debe de haber pequeñas Isadoras y pequeñas Victorias.

martes, 1 de junio de 2010

Un poco de estímulo

La anécdota me la contó mi querido y admirado amigo don Guido Sáenz.
El paso de la primaria a la secundaria representa un cambio importante para todos pero, según don Guido, pasar del Edificio Metálico, donde tuvo la misma “Niña” de primero a sexto grado, al Colegio Seminario fue como trasladarse de un régimen de cariño a uno de terror.
La “Niña” y las conserjes de la escuela eran maternales y cariñosas y trataban a los niños como criaturitas delicadas a las que había que mantener en orden para que aprendieran, pero a las que se les debía brindar ciertos chineos ocasionales.
El Seminario, en cambio, entonces situado en la cuadra de atrás de la Catedral (donde hoy está el Banco Popular) y regentado por padres paulinos alemanes, era una institución de disciplina prusiana a la que se iba a estudiar en serio, en la que no se toleraba ni la más mínima falta, ni se admitía muestra de debilidad alguna.
Las maestras y las conserjes del Edificio Metálico eran señoras dulces y serenas que jamás maltratarían a un chiquito. Usaban vestidos, posiblemente cosidos por ellas mismas, con estampados discretos y detalles de lacitos y encaje y olían a jabón de olor o a un perfume delicado. Los padres del seminario, altos, serios y de rostro severo, vestían de sotana negra y olían a unos puros hediondísimos que mandaban a comprar en la Mata de Tabaco del Mercado Central. Fumar, en todo caso, era su único gustico, porque llevaban una vida austera de gran discreción y pobreza dentro de los muros de ladrillo de aquella institución dedicada a hacer hombres rectos, fuertes y disciplinados.
Un día, en primer año, mientras el padre escribía en la pizarra, de espaldas a los alumnos, un avioncito de papel le tocó el hombro. El padre se volvió y su mirada se fijó en el aterrorizado rostro de don Guido (que entonces todavía no era “don”, sino un muchachito imberbe de doce o trece años). Sin decir palabra, el padre se le aproximó y lo agarró a bofetadas. Cuando don Guido se tapó la cara, empezó a golpearlo en la cabeza, halarle las orejas y el cabello y darle puñetazos en la espalda. Cuando cayó al piso, el padre se levantó los faldones de la sotana y lo cerró a patadas. Cuando se cansó, o se le pasó la cólera, lo hizo levantado con una sola mano, lo acomodó en el pupitre y continuó la clase como si nada hubiera ocurrido. Sobra decir que ese avioncito de papel fue el único que don Guido vio volar en un aula del Seminario en los cinco años que estudió allí.
Cuando llegó a la casa y contó lo sucedido, su papá como única reacción le hizo una pregunta: “¿Usted lanzó el avioncito?”. Don Guido le respondió que no y su papá, simplemente, le recomendó que se lo dijera al padre. Al otro día don Guido levantó la mano y al obtener la atención del sacerdote le dijo: “Padre, usted ayer me castigó muy severamente y quiero que sepa que yo no fui el que tiró el avión de papel”. El rostro del padre se contrajo y, humildemente, le pidió disculpas. Cuando escuchó que la respuesta a su pregunta “¿Me perdona?” era sí, de nuevo sin aviso previo agarró al estudiante que estaba sentado detrás de don Guido y le dio una sopapeada.
Cinco años bajo el régimen de terror. Entraban a las siete de la mañana. Oían misa. Estudiaban en serio todas las materias. Allí mismo en el Seminario almorzaban en silencio y, al final de la tarde se quedaban a hacer las tareas bajo la mirada vigilante de uno de los padres.
El más terrorífico se llamaba el padre Agustín Kulmann. Alto, flaco, de ojos hundidos, con la mandíbula tan cuadrada como una caja de leche y unas entradas enormes que remataban en un piquito al centro de la espaciosa frente, exactamente igual a Drácula. Al padre Kulmann le decían “La Sombra”, porque se parecía a un personaje de historieta con ese nombre de moda por entonces y porque se desplazaba sin hacer ruido y sin dejarse ver por todo el colegio. Dice don Guido que varias veces los compañeros conversaban en el recreo en el patio y cuando se percataban (con brinco incluido por supuesto) el padre Kulmann estaba al lado de ellos y ninguno era capaz de determinar cuánto tiempo llevaba allí.
Kulmann, además tenía una forma particular de arrollarse las mangas de la sotana. Se paraba frente a la clase y abría los brazos como formando una enorme Y griega. Solamente una vez lo vio sin sotana, el día que los llevó de excursión a la cruz de Alajuelita. Zapatos negros, pantalón negro, camisa blanca de manga larga abotonada en los puños y el cuello, chaleco negro, sombrero de pita y un bastón. El padre le dijo a los chiquillos que subieran y él se quedó de último. Como era de esperarse, ninguno de los chiquillos llevaba merienda ni botella de agua. “¿Para qué?” diría Kulmann.
Don Guido iba subiendo pero cada vez que terminaba de trepar una cuesta, se topaba de frente con otra más empinada. En determinado momento se encontró una hermosa piedra y allí se sentó totalmente exhausto. “Suban ustedes”, le dijo a los compañeros, “yo ya no puedo más. Yo los espero aquí cuando vengan para abajo”.
Estaba don Guido recuperando el aliento sentado en la piedra cuando apareció Kulmann. “Guido, ¿qué haces ahí sentado? ¡Tienes que subir!” Todo lo anterior exclamado con un fuerte acento alemán porque los padres hablaban español pero nunca abandonaron ni el tono ni ciertos rasgos de la pronunciación de su propia lengua. Al libro Deuteronomio, le decían “Doiteronomio”, pronunciando el diptongo a la alemana.
“Padre, yo no puedo”. Fue la respuesta de don Guido. “¡No digas que no puedes!” Gritó Kulmann, “¡Tú solo necesitas un poco de estímulo!” Y empezó a pegarle con el bastón. Como don Guido atravesaba los brazos, Kulmann cambió de táctica y, como si fuera un espadachín, empezó a picar a don Guido en las costillas con su bastón.
Don Guido empezó a trepar cuesta arriba con el bastón del Padre Kulmann punzándole la espalda y, por supuesto, don Guido llegó hasta la cima del cerro.
Lo repito una vez más: los cinco años de Seminario fueron cinco años de terror. Lo curioso es que don Guido, al igual que sus compañeros, al salir del Seminario, se percataron, con sorpresa, que conforme pasaban los años recordaban a los padres del Seminario con verdadera admiración, gran respeto y, lo más sorprendente, hasta con cariño y agradecimiento.
Me contó que cuando murió Kulmann, la temida “Sombra”, la Catedral estaba repleta de exalumnos suyos de varias generaciones y en el funeral todos lo lloraron. De hecho, don Guido me dijo que cada vez que en su vida él se ha dicho a sí mismo “No puedo” ha sentido el bastón del padre Hulman punzándole las costillas.
Los tiempos han cambiado. Hoy ningún profesor se atrevería a abofetear o a punzar a bastonazos a un adolescente. Ningún muchacho ni ningún padre de familia lo toleraría. Pero tal vez la educación se ha ido al extremo opuesto y se ha vuelto demasiado condescendiente. Si un muchacho dice “No puedo”, encontrará padres, profesores, orientadores, psicólogos y psicopedagogos que dirán a coro: “No hay que forzarlo, porque pobrecito, de verdad no puede.”
Las reacciones de péndulo no son sabias. Entre el bastón del padre Kulmann y el “pobrecito”, debe de haber un punto intermedio y hay que buscarlo.

La casa de los sustos

Ya pasó la babosada de la fiebre porcina por la que muchos dejaron de saludarse de beso y hasta de darse la mano. La tal gripe aviar pasó sin pena ni gloria. Creo que no tuvo ni un muerto. Cuando empezó el cuento de la fiebre porcina un buen amigo ya hablaba de enterrar a los miles de muertos en fosas comunes.
Lo triste es que ya deben estar inventando una nueva peste para que cunda el pánico. Los que peinamos canas y tenemos buena memoria ya ni les hacemos caso. Hace pocos años estaba de moda el dengue. Y el ébola. Y la bacteria come carne. Recuerdo, a principios de los noventa, que la gente bebía agua hervida aderezada con un par de gotitas de cloro por aquello del cólera. Y una década antes, cuando se empezó a hablar del SIDA, hubo lugares que le pusieron candado al servicio sanitario para prevenir el contagio. Y no hay que olvidar el terror de los años de mi infancia: un enjambre de abejas africanizadas que se escaparon de Brasil y emigraron hacia el norte destruyendo todo a su paso. Recuerden que primero, debido al hueco en la capa de ozono, íbamos a morir achicharrados por los rayos solares y, después, debido al calentamiento global, íbamos a morir ahogados cuando las olas del mar cubrieran los techos de nuestras casas.
Después de la tormenta viene la calma. Hoy vivimos con Dengue, Cólera, Sida, Gripe Aviar, Fiebre Porcina, SIDA y abejas africanizadas, pero todas dejaron de provocar terror. Por eso estoy casi seguro, que, pronto, muy pronto, aparecerá la nueva peste, pandemia, amenaza, plaga de Egipto o Caballo del Apocalipsis. Los mismos (siempre son los mismos) se volverán monotemáticos en sus conversaciones por un par de meses, convocarán a conferencias de prensa para alertarnos de la tragedia que se nos viene encima y anunciarán que, ahora sí, la vamos a ver fea a menos que tomemos las precauciones debidas.
Yo acepto la situación resignadamente. Cuando empezó lo de la fiebre porcina y mi amigo me hablaba de las fosas comunes, le dije serenamente que yo empezaría a preocuparme después de asistir al sexto funeral y, al final, no asistí ni a uno.
Todas las modas son pasajeras, pero la de las pestes es brevísima. Por eso necesitan renovarlas cada vez más frecuentemente. Lo que me extraña es que hay que gente que todavía se alarme por la nueva. He llegado a la conclusión de que lo que en verdad disfrutan es el pánico. Para quien tiene una vida metódica, predecible y rutinaria (que somos todos en este mundo globalizado), un poco de miedo de vez en cuando puede ser la única emoción intensa al alcance de todos.
El miedo es atractivo y se disfruta. Cuando uno va a los chinamos, la fila más larga, casi siempre larguísima, es la de la Casa de los Sustos. Y aquí podríamos entrar en una discusión de huevo y gallina, de dinámica de mercado, que terminaría en una conclusión simple: Si hay gente que lo ofrece, es porque hay gente que lo pide.

domingo, 7 de marzo de 2010

Los frijoles


En medio de un calor sofocante y bajo un sol ardiente, mi amigo el poeta Joan Bernal y yo llevábamos rato caminando por las calles de León, Nicaragua, sin poder encontrar la casa natal de Rubén Darío. Un muchachito joven y atento, Jonathan Castellón, se ofreció a acompañarnos hasta la puerta. Cuando pasamos frente a la universidad, Jonathan nos contó que ese día le tocaba matricularse, pero que iría después de dejarnos en nuestro destino.
El muchacho resultó ser de Granada, pero estudiaba en León porque la carrera que había elegido solo se impartía allí. Joan y yo también estábamos hospedados en un hotel de Granada, por lo que le propusimos a Jonathan que, después de que se hubiera matriculado en la universidad, volviera por nosotros a la casa de Darío y así regresaríamos los tres juntos a Granada.
Jonathan se fue con la promesa de volver pronto. Joan y yo recorrimos varias veces las salas de exposición. Leímos todos los carteles del museo, contemplamos todos los objetos y hasta nos dio tiempo de leer los manuscritos de las vitrinas y, por más que hacíamos tiempo, Jonathan no regresaba.
Decidimos entonces ir a buscarlo a la Universidad. Lo encontramos con cara de angustia apretujado en una enorme fila. "¡Qué bueno que llegaron!" Nos dijo. "Cuídenme el campo mientras voy a comprar unos frijoles".
Joan y yo nos quedamos haciendo fila un poco contrariados. No comprendíamos la urgencia de ir a comprar frijoles.
En medio de aquella multitud de jovencitos recién salidos de la secundaria, Joan y yo no pudimos evitar sentirnos un poco viejos.
Jonathan regresó al poco rato.
"¿Y los frijoles?" Preguntamos.
"Ya los entregué" Respondió. "Aquí traigo el comprobante".
Jonathan nos contó que había llevado su diploma de secundaria, su acta de nacimiento, su documento de identidad, los formularios de matrícula correctamente llenos, pero se le había olvidado llevar los frijoles y, para poder matricularse en la universidad, era requisito indispensable llevar tres libras de frijoles.
Al ver nuestra cara de asombro, Jonathan nos preguntó si en Costa Rica no había que llevar frijoles para matricularse en la universidad. "No", le contesté, "en Costa Rica, para matricularse en la Universidad no hay que llevar frijoles. Lo que hay que llevar es un frasco con una buena chilera y verduras en encurtido". Joan agregó que la chilera y el encurtido eran solo para los cursos de bachillerato, porque para los cursos de maestría era necesario llevar miel toronja rellena de cajeta de leche.
Cuando Jonathan nos preguntó "¿De verdad?", inmediatamente le dijimos que no, que en las universidades ticas solo hay que llevar los formularios llenos y pagar el curso y que no es necesario aportar ningún alimento.
Como la fila avanzaba lentamente le pregunté a Jonathan: "¿Vos crees que si en vez de tres libras de frijoles, trajéramos dos kilos de chicharrones nos pasarían a una fila preferencial?"
La gran pregunta era: "¿Para qué querrían los frijoles". Entre otras opciones que barajamos, estaba la de sembrarlos para que creciera una planta hasta el cielo por medio de la cual se podría subir a secuestrar a la gallina que pone huevos de oro.
Lo curioso es que tal parece que el aporte de frijoles en el momento de la matrícula no es una disposición reciente, sino más bien tradicional. Y las tradiciones, como todos sabemos, no suelen cuestionarse. A Jonathan no le había pasado por la mente que llevar frijoles para matricularse en la universidad fuera algo extraño, hasta que habló con nosotros.
Joan y yo, por nuestra parte, estábamos seguros de que cuando contáramos esta historia nadie nos la creería por absurda.
Ya de regreso en Costa Rica, le conté la anécdota a mi queridísima amiga Mónica ("Monique" le digo yo), quien además de preciosa y encantadora es muy inteligente. Monique escuchó el cuento de los frijoles y la matrícula y, lejos de considerarlo extraño, le encontró sentido.
Tras regañarme dulcemente por contar la historia en clave cómica, Monique me dijo: "¿Vos te imaginás que cada estudiante universitario en Costa Rica tuviera que llevar tres libras de frijoles para matricularse? Eso no costaría nada. ¿Y cuántas toneladas de frijoles serían en total? ¿Cuántos comedores podrían abastecerse con ese aporte?"
Lamentablemente, no tengo cómo contactar a Jonathan para decirle que, gracias a Monique, ya entendí el asunto de los frijoles.

jueves, 21 de enero de 2010

La factura

Ayer fui a desayunar a una soda. Iba por la mitad de mi gallo pinto cuando entró un anciano muy alto y muy flaco. "El sol ya está muy fuerte", me dijo. Se sentó en la mesa de al lado y quedó claro que no quería tomar nada más que la sombra. La ropita era vieja, pero de buen gusto y bien combinada. Llevaba puesto un saco que le quedaba nadando, tal vez porque en otra época fue más corpulento.
Se presentó. Su nombre era Gino y no permitió que lo llamara señor, ni don. Gino a secas. Sin embargo, él a mí desde el primer momento me trató de Carletto. (Carlitos, en italiano).
Me contó su vida en cinco minutos. Nació en Sicilia en 1925. Para que no fuera a la guerra, su padre lo mandó a Suiza. De allí pasó a Barcelona y luego, en 1963, llegó a Costa Rica cuando los ticos estaban terminando de barrer la ceniza que estuvo tirando el volcán Irazú.
Su tragedia me la contó en una sola línea: "Yo tuve muchísima plata, pero me agarró el Diablo."
Le pregunté por su familia.
"Tengo mujer y dos hijos, pero me echaron de la casa".
Tras unos segundos de silencio, agregó:
"Tienen razón, yo hice mucho loco".
Entonces me contó una anécdota de los buenos tiempos. Llegó a almorzar a la Soda Palace y le pidió a don Pepe (el dueño de la soda) que le sirviera una langosta termidor y la mejor botella de vino de su reserva. En la acera, un grupo de niños descalzos, una señora con un bebé, un grupo de borrachines y un violinista, también alcohólico, pedían limosna. Al verlos Gino ordenó que les pusieran una mesa y les sirvieran lo que pidieran. Muy feliz, con una gran sonrisa, Gino evocaba ese momento. Cuando Gino le dio a probar el vino bueno, el violinista dijo: "¡Qué guaro más rico!"
Al final del banquete, don Pepe le dijo a Gino: "Hay un problema, la cuenta es de once mil colones". Eso fue hace como cuarenta años, con tipo de cambio de seis colones sesenta por dólar.
Gino respondió, "No hay problema de que sean once mil colones de cuenta, es más, son doce, porque les voy a regalar mil a las empleadas".
En loqueras como esta fue que este viejo siciliano tiró al viento la fortuna que le dejaron sus padres.
Arruinado y todo, sigue siendo generoso. Puso su paquete Derby sobre la mesa y, a quien veía buscando los cigarros, le ordenaba con voz fuerte mientras le aceraba su paquete: "Prende di quá!"
Ahora Gino anda vendiendo perfumes. Le compré una colonia y, al pagarle, antes de meterse la plata en el bolsillo, me pasó los billetillos por la frente, el pecho y de hombro a hombro. Es decir, me persignó y me bendijo con la plata de su primera venta del día.
Gino es un hombre alegre que, en pocas semanas, cumplirá ochenta y cinco. "La vida es hermosa, Carletto, no me arrepiento de nada y he disfrutado mucho mis andanzas por este mundo. Solo una cosa fea tiene la vida, y es que la factura te la pasa al final. Sería mejor que te la pasara a la entrada o a medio camino, pero no, es al final cuando te llega la factura."

sábado, 16 de enero de 2010

¡Cómo cuesta entenderlo!


Una de las razones por las que creo que tanto el origen como el destino de la humanidad está en el paraíso, es lo difícil que nos resulta comprender el dolor y el sufrimiento. Acaba de pasar el terremoto en Haití y cada día las noticias informan acerca de la magnitud de la tragedia. Hoy, durante mi desayuno, observé una fotografía en la que aparecía un grupo numeroso de personas haciendo fila bajo el Sol para recibir agua potable.
Desde el primer momento, cuando supe que el terremoto en Haití había causado alrededor de cien mil muertes, mi pensamiento hizo un repaso rápido. Haití es el país más pobre del continente, la mayoría de la población no tiene electricidad, ni agua de cañería, ni servicios médicos. Son numerosos los casos de SIDA y allí todavía no se han erradicado ni la lepra, ni la tifoidea, ni la tuberculosis ni tantas otras enfermedades que en muchos países ya pasaron a la historia. La infraestructura es mínima y la mayoría de la población vive en ranchitos. El analfabetismo y el desempleo son también enormes. Entonces, ante la noticia del terremoto, mi primera reacción fue: ¿Por qué a ellos? ¿Es que no han sufrido bastante? ¿Cómo puedo explicarme a mí mismo que esas cosas sucedan?
Insisto: creo que el origen de la humanidad estuvo en el paraíso. De allí salimos y nuestro destino es volver a él. Tal vez por eso, por tener el Jardín del Edén en ambos extremos de nuestra historia, es que no podemos comprender el dolor y el sufrimiento. ¿Quién puede entenderlo? ¿Quien tiene una explicación? ¿Por qué Haití? ¿Por qué más, y más, y más para Haití?
La historia de Haití se parece a la de algunas personas. Conozco un caso en particular de alguien que llevó palo desde la infancia, llena de maltratos y de mala salud, que nació, creció, vivió y sigue viviendo en una pobreza, además de aguda, crónica. Sufrió de abusos y maltratos por parte de su cónyuge y de sus patronos y ahora, los encargados de atormentarla son sus propios hijos. Es uno de esos casos, que abundan, que cuando por fin ven la luz al final del túnel, resulta ser el tren que viene de frente.
Soy optimista. A este tipo de situaciones se les puede encontrar alivio, consuelo y hasta solución. Lo que no se les puede encontrar (al menos yo no puedo) es una explicación.
Pero esta nota se me está poniendo triste, así que lo mejor será cerrarla con consuelo y optimismo.
En la Extra de hoy, el costarricense Hernán Aguilar Gómez, quien estuvo en Haití durante el terremoto cuenta dos detalles significativos. Tras el sismo, llegó al hotel una señora con un niño herido. El niño tenía la cabeza abierta por un golpe y lloraba mucho. Ellos no tenían nada que darle para aliviar su dolor y entonces lo que le dieron fue una galleta. Y la mañana siguiente a la tragedia, en medio de las construcciones en ruinas y capeándose los escombros, los muchachitos haitianos jugaban futbol.