
Cuando una persona fallece, al lado del dolor que causa la triste noticia, surge el remordimiento de no haberlo tratado más a fondo. Uno se alegra de haberlo conocido, pero acaba lamentando no haberlo conocido mejor. Algo así me pasó con don Rodolfo Cerdas Cruz. Yo lo conocí y lo traté poco. Por ejemplo, nunca le dije que su padre, don Jaime Cerdas Mora, era el único abogado en que confiaba mi abuelito, quien era su cliente. Mi abuelito, un modesto y pequeño comerciante, al igual que muchos otras personas humildes de aquella época, recurrían a don Jaime Cerdas Mora para que les atendiera sus asuntos, ya que confiaban plenamente en él.
Definitivamente, don Rodolfo sabía que su padre era el abogado de los humildes, pero ahora lamento no haberle comentado que mi abuelito era uno de sus clientes.
La verdad es que fueron muy pocas las veces que tuve oportunidad de conversar con don Rodolfo. Nos encontrábamos en los pasillos de la UCR, en las ferias del libro, en algunas actividades que organizaba doña Marjorie e, incluso, en una oportunidad, en la sala de abordaje de un aeropuerto. Allí entablábamos conversaciones casuales pero, como él era un hombre famoso, o al menos muy conocido, pronto llegaban otros a saludarlo y yo acaba retirándome. "Otro día nos vemos" me decía, seguramente notando que en verdad me interesaba conversar con él, pero que la circunstancia no era propicia.
La única ocasión en que si pude disfrutar de su compañía un buen rato fue en el 2002. Doña Marjorie había ganado el Aquileo Echeverría y a mí me habían adjudicado el García Monge. El Ministerio de Cultura ofreció un almuerzo para los galardonados y me tocó compartir la mesa con él y con doña Marjorie. Allí descubrí algo que me sorprendió bastante. Además de inteligente y culto, don Rodolfo era un hombre muy divertido. Nos contó anécdotas de sus viajes y nos hizo reír mucho con sus aventuras, entre las cuales, las que mejor recuerdo, fue el viaje en taxi desde Israel a la frontera con Egipto. A medio camino, en pleno desierto, el taxista cambió el monto de la tarifa acordada y, una vez allí, no había más que aceptar el incremento, por lo que de nada valió el regateo previo. La opción era cruzar el desierto a pie enjuto, como lo hizo Moisés.
Pero no todo fueron anécdotas cómicas. Pocas semanas antes, ambos, él y yo, habíamos sido objeto de una lluvia de insultos por parte de la misma persona. El profesor Helio Gallardo, de la UCR, había publicado en el Semanario Universidad una retahíla de insultos contra don Rodolfo. Don Helio no midió ni las palabras ni el tono y lo imprecó de una manera baja y soez. A la semana siguiente, en su nuevo artículo, don Helio Gallardo la emprendió contra mí en otro artículo en el que también recurrió a bajezas y expresiones mal sonantes.
Don Rodolfo me dijo: "Carlos, a vos te tocó recibir el aguacero de insultos de Helio Gallardo esta semana. Así descanso un poco de los que siempre me lanza a mí". Me dijo y, seguidamente, me dio las gracias por el relevo.
Cuando le comenté a don Rodolfo que yo no conocía a Helio Gallardo, don Rodolfo me dijo: "Es un hombre muy inteligente y suele hacer reflexiones dignas de atención. Es verdad que a veces pierde el tono y se le descompone el vocabulario, pero no lo juzgués por esos artículos desbocados aunque ya te haya caído uno encima. Helio es un intelectual valioso".
Tras ese almuerzo, la imagen que tenía de don Rodolfo se elevó considerablemente. Como intelectual, tenía claro que sus intervenciones podían generar reacciones contrarias y que esas reacciones, de vez en cuando, podrían ser en tono ofensivo. Pero don Rodolfo tenía la altura necesaria para mirar el panorama muy por encima de las bajezas que en él ocurren.
A propósito de su partida, supongo que sus amigos, las personas que compartieron con él muchos encuentros a lo largo de muchos años, estarán evocando sus memorias. Yo, que no tuve la oportunidad de ser su amigo, al menos comparto esta anécdota tan rica de enseñanzas de humildad y caballerosidad, como un tributo a su partida.
Que descanse en Paz Rodolfo Cerdas Cruz.


