
Una de las razones por las que creo que tanto el origen como el destino de la humanidad está en el paraíso, es lo difícil que nos resulta comprender el dolor y el sufrimiento. Acaba de pasar el terremoto en Haití y cada día las noticias informan acerca de la magnitud de la tragedia. Hoy, durante mi desayuno, observé una fotografía en la que aparecía un grupo numeroso de personas haciendo fila bajo el Sol para recibir agua potable.
Desde el primer momento, cuando supe que el terremoto en Haití había causado alrededor de cien mil muertes, mi pensamiento hizo un repaso rápido. Haití es el país más pobre del continente, la mayoría de la población no tiene electricidad, ni agua de cañería, ni servicios médicos. Son numerosos los casos de SIDA y allí todavía no se han erradicado ni la lepra, ni la tifoidea, ni la tuberculosis ni tantas otras enfermedades que en muchos países ya pasaron a la historia. La infraestructura es mínima y la mayoría de la población vive en ranchitos. El analfabetismo y el desempleo son también enormes. Entonces, ante la noticia del terremoto, mi primera reacción fue: ¿Por qué a ellos? ¿Es que no han sufrido bastante? ¿Cómo puedo explicarme a mí mismo que esas cosas sucedan?
Insisto: creo que el origen de la humanidad estuvo en el paraíso. De allí salimos y nuestro destino es volver a él. Tal vez por eso, por tener el Jardín del Edén en ambos extremos de nuestra historia, es que no podemos comprender el dolor y el sufrimiento. ¿Quién puede entenderlo? ¿Quien tiene una explicación? ¿Por qué Haití? ¿Por qué más, y más, y más para Haití?
La historia de Haití se parece a la de algunas personas. Conozco un caso en particular de alguien que llevó palo desde la infancia, llena de maltratos y de mala salud, que nació, creció, vivió y sigue viviendo en una pobreza, además de aguda, crónica. Sufrió de abusos y maltratos por parte de su cónyuge y de sus patronos y ahora, los encargados de atormentarla son sus propios hijos. Es uno de esos casos, que abundan, que cuando por fin ven la luz al final del túnel, resulta ser el tren que viene de frente.
Soy optimista. A este tipo de situaciones se les puede encontrar alivio, consuelo y hasta solución. Lo que no se les puede encontrar (al menos yo no puedo) es una explicación.
Pero esta nota se me está poniendo triste, así que lo mejor será cerrarla con consuelo y optimismo.
En la Extra de hoy, el costarricense Hernán Aguilar Gómez, quien estuvo en Haití durante el terremoto cuenta dos detalles significativos. Tras el sismo, llegó al hotel una señora con un niño herido. El niño tenía la cabeza abierta por un golpe y lloraba mucho. Ellos no tenían nada que darle para aliviar su dolor y entonces lo que le dieron fue una galleta. Y la mañana siguiente a la tragedia, en medio de las construcciones en ruinas y capeándose los escombros, los muchachitos haitianos jugaban futbol.
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