Ayer fui a desayunar a una soda. Iba por la mitad de mi gallo pinto cuando entró un anciano muy alto y muy flaco. "El sol ya está muy fuerte", me dijo. Se sentó en la mesa de al lado y quedó claro que no quería tomar nada más que la sombra. La ropita era vieja, pero de buen gusto y bien combinada. Llevaba puesto un saco que le quedaba nadando, tal vez porque en otra época fue más corpulento.
Se presentó. Su nombre era Gino y no permitió que lo llamara señor, ni don. Gino a secas. Sin embargo, él a mí desde el primer momento me trató de Carletto. (Carlitos, en italiano).
Me contó su vida en cinco minutos. Nació en Sicilia en 1925. Para que no fuera a la guerra, su padre lo mandó a Suiza. De allí pasó a Barcelona y luego, en 1963, llegó a Costa Rica cuando los ticos estaban terminando de barrer la ceniza que estuvo tirando el volcán Irazú.
Su tragedia me la contó en una sola línea: "Yo tuve muchísima plata, pero me agarró el Diablo."
Le pregunté por su familia.
"Tengo mujer y dos hijos, pero me echaron de la casa".
Tras unos segundos de silencio, agregó:
"Tienen razón, yo hice mucho loco".
Entonces me contó una anécdota de los buenos tiempos. Llegó a almorzar a la Soda Palace y le pidió a don Pepe (el dueño de la soda) que le sirviera una langosta termidor y la mejor botella de vino de su reserva. En la acera, un grupo de niños descalzos, una señora con un bebé, un grupo de borrachines y un violinista, también alcohólico, pedían limosna. Al verlos Gino ordenó que les pusieran una mesa y les sirvieran lo que pidieran. Muy feliz, con una gran sonrisa, Gino evocaba ese momento. Cuando Gino le dio a probar el vino bueno, el violinista dijo: "¡Qué guaro más rico!"
Al final del banquete, don Pepe le dijo a Gino: "Hay un problema, la cuenta es de once mil colones". Eso fue hace como cuarenta años, con tipo de cambio de seis colones sesenta por dólar.
Gino respondió, "No hay problema de que sean once mil colones de cuenta, es más, son doce, porque les voy a regalar mil a las empleadas".
En loqueras como esta fue que este viejo siciliano tiró al viento la fortuna que le dejaron sus padres.
Arruinado y todo, sigue siendo generoso. Puso su paquete Derby sobre la mesa y, a quien veía buscando los cigarros, le ordenaba con voz fuerte mientras le aceraba su paquete: "Prende di quá!"
Ahora Gino anda vendiendo perfumes. Le compré una colonia y, al pagarle, antes de meterse la plata en el bolsillo, me pasó los billetillos por la frente, el pecho y de hombro a hombro. Es decir, me persignó y me bendijo con la plata de su primera venta del día.
Gino es un hombre alegre que, en pocas semanas, cumplirá ochenta y cinco. "La vida es hermosa, Carletto, no me arrepiento de nada y he disfrutado mucho mis andanzas por este mundo. Solo una cosa fea tiene la vida, y es que la factura te la pasa al final. Sería mejor que te la pasara a la entrada o a medio camino, pero no, es al final cuando te llega la factura."
jueves, 21 de enero de 2010
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