martes, 1 de junio de 2010

Un poco de estímulo

La anécdota me la contó mi querido y admirado amigo don Guido Sáenz.
El paso de la primaria a la secundaria representa un cambio importante para todos pero, según don Guido, pasar del Edificio Metálico, donde tuvo la misma “Niña” de primero a sexto grado, al Colegio Seminario fue como trasladarse de un régimen de cariño a uno de terror.
La “Niña” y las conserjes de la escuela eran maternales y cariñosas y trataban a los niños como criaturitas delicadas a las que había que mantener en orden para que aprendieran, pero a las que se les debía brindar ciertos chineos ocasionales.
El Seminario, en cambio, entonces situado en la cuadra de atrás de la Catedral (donde hoy está el Banco Popular) y regentado por padres paulinos alemanes, era una institución de disciplina prusiana a la que se iba a estudiar en serio, en la que no se toleraba ni la más mínima falta, ni se admitía muestra de debilidad alguna.
Las maestras y las conserjes del Edificio Metálico eran señoras dulces y serenas que jamás maltratarían a un chiquito. Usaban vestidos, posiblemente cosidos por ellas mismas, con estampados discretos y detalles de lacitos y encaje y olían a jabón de olor o a un perfume delicado. Los padres del seminario, altos, serios y de rostro severo, vestían de sotana negra y olían a unos puros hediondísimos que mandaban a comprar en la Mata de Tabaco del Mercado Central. Fumar, en todo caso, era su único gustico, porque llevaban una vida austera de gran discreción y pobreza dentro de los muros de ladrillo de aquella institución dedicada a hacer hombres rectos, fuertes y disciplinados.
Un día, en primer año, mientras el padre escribía en la pizarra, de espaldas a los alumnos, un avioncito de papel le tocó el hombro. El padre se volvió y su mirada se fijó en el aterrorizado rostro de don Guido (que entonces todavía no era “don”, sino un muchachito imberbe de doce o trece años). Sin decir palabra, el padre se le aproximó y lo agarró a bofetadas. Cuando don Guido se tapó la cara, empezó a golpearlo en la cabeza, halarle las orejas y el cabello y darle puñetazos en la espalda. Cuando cayó al piso, el padre se levantó los faldones de la sotana y lo cerró a patadas. Cuando se cansó, o se le pasó la cólera, lo hizo levantado con una sola mano, lo acomodó en el pupitre y continuó la clase como si nada hubiera ocurrido. Sobra decir que ese avioncito de papel fue el único que don Guido vio volar en un aula del Seminario en los cinco años que estudió allí.
Cuando llegó a la casa y contó lo sucedido, su papá como única reacción le hizo una pregunta: “¿Usted lanzó el avioncito?”. Don Guido le respondió que no y su papá, simplemente, le recomendó que se lo dijera al padre. Al otro día don Guido levantó la mano y al obtener la atención del sacerdote le dijo: “Padre, usted ayer me castigó muy severamente y quiero que sepa que yo no fui el que tiró el avión de papel”. El rostro del padre se contrajo y, humildemente, le pidió disculpas. Cuando escuchó que la respuesta a su pregunta “¿Me perdona?” era sí, de nuevo sin aviso previo agarró al estudiante que estaba sentado detrás de don Guido y le dio una sopapeada.
Cinco años bajo el régimen de terror. Entraban a las siete de la mañana. Oían misa. Estudiaban en serio todas las materias. Allí mismo en el Seminario almorzaban en silencio y, al final de la tarde se quedaban a hacer las tareas bajo la mirada vigilante de uno de los padres.
El más terrorífico se llamaba el padre Agustín Kulmann. Alto, flaco, de ojos hundidos, con la mandíbula tan cuadrada como una caja de leche y unas entradas enormes que remataban en un piquito al centro de la espaciosa frente, exactamente igual a Drácula. Al padre Kulmann le decían “La Sombra”, porque se parecía a un personaje de historieta con ese nombre de moda por entonces y porque se desplazaba sin hacer ruido y sin dejarse ver por todo el colegio. Dice don Guido que varias veces los compañeros conversaban en el recreo en el patio y cuando se percataban (con brinco incluido por supuesto) el padre Kulmann estaba al lado de ellos y ninguno era capaz de determinar cuánto tiempo llevaba allí.
Kulmann, además tenía una forma particular de arrollarse las mangas de la sotana. Se paraba frente a la clase y abría los brazos como formando una enorme Y griega. Solamente una vez lo vio sin sotana, el día que los llevó de excursión a la cruz de Alajuelita. Zapatos negros, pantalón negro, camisa blanca de manga larga abotonada en los puños y el cuello, chaleco negro, sombrero de pita y un bastón. El padre le dijo a los chiquillos que subieran y él se quedó de último. Como era de esperarse, ninguno de los chiquillos llevaba merienda ni botella de agua. “¿Para qué?” diría Kulmann.
Don Guido iba subiendo pero cada vez que terminaba de trepar una cuesta, se topaba de frente con otra más empinada. En determinado momento se encontró una hermosa piedra y allí se sentó totalmente exhausto. “Suban ustedes”, le dijo a los compañeros, “yo ya no puedo más. Yo los espero aquí cuando vengan para abajo”.
Estaba don Guido recuperando el aliento sentado en la piedra cuando apareció Kulmann. “Guido, ¿qué haces ahí sentado? ¡Tienes que subir!” Todo lo anterior exclamado con un fuerte acento alemán porque los padres hablaban español pero nunca abandonaron ni el tono ni ciertos rasgos de la pronunciación de su propia lengua. Al libro Deuteronomio, le decían “Doiteronomio”, pronunciando el diptongo a la alemana.
“Padre, yo no puedo”. Fue la respuesta de don Guido. “¡No digas que no puedes!” Gritó Kulmann, “¡Tú solo necesitas un poco de estímulo!” Y empezó a pegarle con el bastón. Como don Guido atravesaba los brazos, Kulmann cambió de táctica y, como si fuera un espadachín, empezó a picar a don Guido en las costillas con su bastón.
Don Guido empezó a trepar cuesta arriba con el bastón del Padre Kulmann punzándole la espalda y, por supuesto, don Guido llegó hasta la cima del cerro.
Lo repito una vez más: los cinco años de Seminario fueron cinco años de terror. Lo curioso es que don Guido, al igual que sus compañeros, al salir del Seminario, se percataron, con sorpresa, que conforme pasaban los años recordaban a los padres del Seminario con verdadera admiración, gran respeto y, lo más sorprendente, hasta con cariño y agradecimiento.
Me contó que cuando murió Kulmann, la temida “Sombra”, la Catedral estaba repleta de exalumnos suyos de varias generaciones y en el funeral todos lo lloraron. De hecho, don Guido me dijo que cada vez que en su vida él se ha dicho a sí mismo “No puedo” ha sentido el bastón del padre Hulman punzándole las costillas.
Los tiempos han cambiado. Hoy ningún profesor se atrevería a abofetear o a punzar a bastonazos a un adolescente. Ningún muchacho ni ningún padre de familia lo toleraría. Pero tal vez la educación se ha ido al extremo opuesto y se ha vuelto demasiado condescendiente. Si un muchacho dice “No puedo”, encontrará padres, profesores, orientadores, psicólogos y psicopedagogos que dirán a coro: “No hay que forzarlo, porque pobrecito, de verdad no puede.”
Las reacciones de péndulo no son sabias. Entre el bastón del padre Kulmann y el “pobrecito”, debe de haber un punto intermedio y hay que buscarlo.

1 comentario:

  1. Excelente artículo, Carlos! Deberías investigar lo que se tiene entre manos el Ministerio de Educación Pública, con el nuevo Reglamento de Evaluación de los Aprendizajes. Vas a ver cómo una educación de tercera se convierte en una de cuarta, según el modelo filandés de educación.

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