Ya pasó la babosada de la fiebre porcina por la que muchos dejaron de saludarse de beso y hasta de darse la mano. La tal gripe aviar pasó sin pena ni gloria. Creo que no tuvo ni un muerto. Cuando empezó el cuento de la fiebre porcina un buen amigo ya hablaba de enterrar a los miles de muertos en fosas comunes.
Lo triste es que ya deben estar inventando una nueva peste para que cunda el pánico. Los que peinamos canas y tenemos buena memoria ya ni les hacemos caso. Hace pocos años estaba de moda el dengue. Y el ébola. Y la bacteria come carne. Recuerdo, a principios de los noventa, que la gente bebía agua hervida aderezada con un par de gotitas de cloro por aquello del cólera. Y una década antes, cuando se empezó a hablar del SIDA, hubo lugares que le pusieron candado al servicio sanitario para prevenir el contagio. Y no hay que olvidar el terror de los años de mi infancia: un enjambre de abejas africanizadas que se escaparon de Brasil y emigraron hacia el norte destruyendo todo a su paso. Recuerden que primero, debido al hueco en la capa de ozono, íbamos a morir achicharrados por los rayos solares y, después, debido al calentamiento global, íbamos a morir ahogados cuando las olas del mar cubrieran los techos de nuestras casas.
Después de la tormenta viene la calma. Hoy vivimos con Dengue, Cólera, Sida, Gripe Aviar, Fiebre Porcina, SIDA y abejas africanizadas, pero todas dejaron de provocar terror. Por eso estoy casi seguro, que, pronto, muy pronto, aparecerá la nueva peste, pandemia, amenaza, plaga de Egipto o Caballo del Apocalipsis. Los mismos (siempre son los mismos) se volverán monotemáticos en sus conversaciones por un par de meses, convocarán a conferencias de prensa para alertarnos de la tragedia que se nos viene encima y anunciarán que, ahora sí, la vamos a ver fea a menos que tomemos las precauciones debidas.
Yo acepto la situación resignadamente. Cuando empezó lo de la fiebre porcina y mi amigo me hablaba de las fosas comunes, le dije serenamente que yo empezaría a preocuparme después de asistir al sexto funeral y, al final, no asistí ni a uno.
Todas las modas son pasajeras, pero la de las pestes es brevísima. Por eso necesitan renovarlas cada vez más frecuentemente. Lo que me extraña es que hay que gente que todavía se alarme por la nueva. He llegado a la conclusión de que lo que en verdad disfrutan es el pánico. Para quien tiene una vida metódica, predecible y rutinaria (que somos todos en este mundo globalizado), un poco de miedo de vez en cuando puede ser la única emoción intensa al alcance de todos.
El miedo es atractivo y se disfruta. Cuando uno va a los chinamos, la fila más larga, casi siempre larguísima, es la de la Casa de los Sustos. Y aquí podríamos entrar en una discusión de huevo y gallina, de dinámica de mercado, que terminaría en una conclusión simple: Si hay gente que lo ofrece, es porque hay gente que lo pide.
martes, 1 de junio de 2010
La casa de los sustos
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