domingo, 7 de marzo de 2010

Los frijoles


En medio de un calor sofocante y bajo un sol ardiente, mi amigo el poeta Joan Bernal y yo llevábamos rato caminando por las calles de León, Nicaragua, sin poder encontrar la casa natal de Rubén Darío. Un muchachito joven y atento, Jonathan Castellón, se ofreció a acompañarnos hasta la puerta. Cuando pasamos frente a la universidad, Jonathan nos contó que ese día le tocaba matricularse, pero que iría después de dejarnos en nuestro destino.
El muchacho resultó ser de Granada, pero estudiaba en León porque la carrera que había elegido solo se impartía allí. Joan y yo también estábamos hospedados en un hotel de Granada, por lo que le propusimos a Jonathan que, después de que se hubiera matriculado en la universidad, volviera por nosotros a la casa de Darío y así regresaríamos los tres juntos a Granada.
Jonathan se fue con la promesa de volver pronto. Joan y yo recorrimos varias veces las salas de exposición. Leímos todos los carteles del museo, contemplamos todos los objetos y hasta nos dio tiempo de leer los manuscritos de las vitrinas y, por más que hacíamos tiempo, Jonathan no regresaba.
Decidimos entonces ir a buscarlo a la Universidad. Lo encontramos con cara de angustia apretujado en una enorme fila. "¡Qué bueno que llegaron!" Nos dijo. "Cuídenme el campo mientras voy a comprar unos frijoles".
Joan y yo nos quedamos haciendo fila un poco contrariados. No comprendíamos la urgencia de ir a comprar frijoles.
En medio de aquella multitud de jovencitos recién salidos de la secundaria, Joan y yo no pudimos evitar sentirnos un poco viejos.
Jonathan regresó al poco rato.
"¿Y los frijoles?" Preguntamos.
"Ya los entregué" Respondió. "Aquí traigo el comprobante".
Jonathan nos contó que había llevado su diploma de secundaria, su acta de nacimiento, su documento de identidad, los formularios de matrícula correctamente llenos, pero se le había olvidado llevar los frijoles y, para poder matricularse en la universidad, era requisito indispensable llevar tres libras de frijoles.
Al ver nuestra cara de asombro, Jonathan nos preguntó si en Costa Rica no había que llevar frijoles para matricularse en la universidad. "No", le contesté, "en Costa Rica, para matricularse en la Universidad no hay que llevar frijoles. Lo que hay que llevar es un frasco con una buena chilera y verduras en encurtido". Joan agregó que la chilera y el encurtido eran solo para los cursos de bachillerato, porque para los cursos de maestría era necesario llevar miel toronja rellena de cajeta de leche.
Cuando Jonathan nos preguntó "¿De verdad?", inmediatamente le dijimos que no, que en las universidades ticas solo hay que llevar los formularios llenos y pagar el curso y que no es necesario aportar ningún alimento.
Como la fila avanzaba lentamente le pregunté a Jonathan: "¿Vos crees que si en vez de tres libras de frijoles, trajéramos dos kilos de chicharrones nos pasarían a una fila preferencial?"
La gran pregunta era: "¿Para qué querrían los frijoles". Entre otras opciones que barajamos, estaba la de sembrarlos para que creciera una planta hasta el cielo por medio de la cual se podría subir a secuestrar a la gallina que pone huevos de oro.
Lo curioso es que tal parece que el aporte de frijoles en el momento de la matrícula no es una disposición reciente, sino más bien tradicional. Y las tradiciones, como todos sabemos, no suelen cuestionarse. A Jonathan no le había pasado por la mente que llevar frijoles para matricularse en la universidad fuera algo extraño, hasta que habló con nosotros.
Joan y yo, por nuestra parte, estábamos seguros de que cuando contáramos esta historia nadie nos la creería por absurda.
Ya de regreso en Costa Rica, le conté la anécdota a mi queridísima amiga Mónica ("Monique" le digo yo), quien además de preciosa y encantadora es muy inteligente. Monique escuchó el cuento de los frijoles y la matrícula y, lejos de considerarlo extraño, le encontró sentido.
Tras regañarme dulcemente por contar la historia en clave cómica, Monique me dijo: "¿Vos te imaginás que cada estudiante universitario en Costa Rica tuviera que llevar tres libras de frijoles para matricularse? Eso no costaría nada. ¿Y cuántas toneladas de frijoles serían en total? ¿Cuántos comedores podrían abastecerse con ese aporte?"
Lamentablemente, no tengo cómo contactar a Jonathan para decirle que, gracias a Monique, ya entendí el asunto de los frijoles.

1 comentario:

  1. Una anécdota increíble, como del realismo mágico. Es interesante que aquí en Costa Rica no tengamos tradiciones como esa, ¿será por qué cerraron la Universidad de Santo Tomás?

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